martes, 18 de mayo de 2010

¡AY LA CURIOSIDAD!


Ese arma de doble filo que llamamos curiosidad es algo innato en el ser humano ("¿por qué, por qué, y por qué...?"); por desgracia, la educación reglada y algún que otro canal de televisión, se irán encargando de que el niño y la niña la vayan perdiendo por el camino, unas buenas dosis de pasividad y aceptación autoritaria ("porque es así y porque lo digo yo") irán conformando a los pequeños genios creativos hasta convertirlos en jovencitos pasotas, integrados y competitivos.
La curiosidad nos lleva a preguntar cosas como: "¿por qué tiene que ser mi vida así?, ¿por qué tiene que ser la sociedad así?, ¿por qué tiene que ser la democracia así?, ¿por qué tiene que ser la economía así?, ¿por qué hay "tuyo y mío"?, ¿por qué "el escaramujo es de la rosa y el mar" (Silvi0 Rodríguez)?..." Como sigue cantando Silvio, "yo vivo de preguntar, saber no puede ser lujo". Esta curiosidad es el principio de la revolución, y es buena, y es reprimida por el poder.
Existe sin embargo otra curiosidad que puede llevar al ser humano por caminos amargos, rompiendo el encanto que da la armonía y el medio. "Todo nos es permitido, pero no todo es bueno", escribía Pablo; probar por probar, inventar por inventar, manipular por manipular, sin conocer los fines, o que éstos sólo sean para beneficio de unos pocos y en detrimento de muchos y de mucho, transforma la curiosidad en "curioseo"; estoy hablando de transgénicos, armamentos, plaguicidas, clonaciones, mercados bursátiles... Adán y Eva perdieron su paraíso a causa del curioseo, ¡ojalá nosotros no perdamos también el nuestro!